jueves, 18 de diciembre de 2014

LA PEQUEÑA PUERTA, de J. L. MARTÍN DESCALZO.

Todos los años, cuando la Navidad se acerca, viene a mi imaginación el recuerdo de la pequeña puerta por la que se entra a la basílica de Belén, bajo la cual se encuentra la gruta en que nació Jesús.

Una extraña puerta de poco más de un metro de altura y que resulta desconcertante como único acceso a tan hermosa basílica.....
Alguien me ha explicado que la pequeñez de esa entrada tiene un profundo sentido teológico, y es que sólo hay dos maneras  de acercarse a Cristo, a Dios y a la alegría: o siendo niños o agachándose.
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Esto es ciertísimo: la Navidad no es apta para mayores. No es apta para orgullosos, para importantes, para los estirados que se creen menos hombres si se arrodillan. 
La Navidad (y la pureza, y la verdadera esperanza, y casi todas las cosas importantes) están hechas para los que tienen mucho corazón y pocas ambiciones, para los que no han salido de la infancia o han sabido regresar a ella.
Y lo malo -como dice mi amigo Bernanos- "una vez que se sale de la infancia ya no se puede regresar a ella más que por el camino de la santidad". O del gran amor.
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Los días que se acercan son, efectivamente, el tiempo del gran asombro. 
Y los que han perdido esa capacidad de asombrar ya no tienen otra forma de celebrar estos días que tratando de sustituir la verdadera alegría con el champan y los gorritos de colores.
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Hace, desde luego, falta mucha fe para atreverse a creer en serio eso de que Dios se haya hecho hombre. Que un hombre se vuelva Dios, eso sí lo creemos facilmente; tan orgullosos somos. Pero que Dios se vuelva bebé es algo que sólo a Dios se le puede ocurrir.
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Los medievales lo entendían eso muy bien.
Yo no sé si ustedes se habrán fijado en un detalle que es muy típico de los nacimientos o de los cuadros que reflejan la Navidad y que fueron pintados antes del Renacimiento: el Niño del portal no sólo es mucho menor de lo que la perspectiva exigiría, sino que, además, está como tirado por los suelos, sin  cuna, sin pajas, materialmente caído, como abandonado. 
Y es que los medievales habían tomado muy en serio eso de la humillación de Dios al hacerse uno de nosotros. 
Ni un descenso, sino una "caída" como solían decir los padres de la Iglesia.
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Por eso quien no se agache no se enterará de nada.
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Para entender la Navidad hay que dejar la lógica sobre la mesilla y atreverse a creer en la locura.
Claro que cuando se ama se hacen siempre locuras y el que más ama tiene que agacharse más .
No se puede estar enamorado sin hacer disparates.
Y el Dios que hizo ya bastantes creando al hombre libre y exponiéndose a sus rebeliones; el Dios que siguió haciéndolos dedicándose a perdonar a los hombres, batió su propia marca haciéndose chiquillo.
Pero todo esto son tonterías para los "listos" de este mundo: para todos esos que creen que el hombre se hace menos hombre cuando se arrodilla; para cuantos nunca sabrán pasar la PEQUEÑA PUERTA que conduce a Belén y a la alegría.
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INOLVIDABLE JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO, que pasó por este mundo "haciendo el bien".

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1 comentario:

Marta Máster dijo...

Hola: disfruté mucho leyendo tu reflexión sobre la pequeña Puerta. Feliz Navidad. Seguimos en contacto