domingo, 20 de septiembre de 2015

Y DE MÍ, ¿QUIEN HA CUIDADO? -crónica de una "cuidadora", más o menos estresada-

-todos hemos sido o seremos cuidadores, leed este artículo de VIRGINIA FERNÁNDEZ AGUINACO-


"Un amigo mío dice que el estrés se pasa cuando pasa el problema, lo cual es bastante de Perogrullo, solamente que, con frecuencia, detrás de un problema viene otro y luego otro y luego otro... Y, así, tras la enfermedad puede llegar la muerte y tras la muerte la tristeza y, quizás, un cierto desconcierto desolado tanto más agotador, por vacío, cuanto se compara con un día lleno de tareas que no admitían demora.

He sido cuidadora y padecí el estrés del cuidador. Lo normal, vamos. A lo mejor debo decir que he ejercido, porque cuidadora lo soy por naturaleza y, por tanto es probable que lo siga siendo mientras viva.
Nada de excepcional predisposición a la entrega y la generosidad: lo mío es condición femenina, sin más adornos. Compartida por la mitad de la especie humana, aproximadamente, salvo excepciones, y con seguridad por alguna parte de la otra mitad. Claro que esta condición, cuando se practica de forma intensa en el espacio y extensa en el tiempo, puede producir, según los casos, estrés y una variada serie de dolencias físicas o morales, vaya usted a saber.
De momento no percibo secuelas notables. Me encuentro bien y lo físico no es superior a lo que sufriría por razones tan tontas  como que el tiempo pasa...y pasa factura y el mecanismo que funcionaba bien hace diez años presenta síntomas de empezar a griparse.

Tal vez esto quiera decir que he superado el estrés, o que lo estoy superando o que tengo suerte... Tal vez quiera decir que he contado con apoyos, ayudas, soportes emocionales y materiales que han mitigado los supuestos efectos perniciosos que me amenazaban.
A mí no me cabe duda de que son los que me han mantenido a flote.
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LA FE Y LA CONFIANZA
Partamos de la base de que soy cristiana, católica para más señas. Uno no tiene fe o es religioso o siente en sí un instinto -llamémoslo así- de transcendencia por alguna razón utilitaria. Ha recibido una gracia, un don. Vaya que no se hace cristiano -o confirma lo recibido en el bautismo- para sentirse bien, como quien hace oposiciones para tener una seguridad de por vida. Sin embargo la religiosidad, el hábito de orar, el dirigirse a Dios con confianza en su amor, la esperanza en que el dolor tiene sentido y en que tras cada muerte habrá, hay, una resurrección, son poderosas ayudas que pueden sacar del pozo y mitigar la ansiedad o el miedo o aliviar la carga. Yo diría que son un antiestrés. Y en mi caso, sin duda.

Sobre todo, encontrar sentido al deterioro mental, a la vejez, a un sufrimiento que se antoja desproporcionado y sin objeto. Un dolor de parto se justifica con la alegría del nacimiento, un esfuerzo físico o mental está está relacionado con lo que uno se propone lograr, sacrificarse para ayudar al prójimo muchas veces trae la compensación del agradecimiento o al menos la de ser "una buena persona"... Pero ver sufrir a alguien a quien se quiere mucho y tener la certeza de que ese sufrimiento  no se va a traducir enseguida  en algo gratificante como una mejoría que dure algo más que unas horas, un cierto bienestar, un mejor ánimo... Ver que sufre como un animalillo herido, sin conciencia de por qué  y para qué salvo en instantes de lucidez... produce un desconsuelo mucho mayor que el propio cansancio.

la fe en eso que para los cristianos es el misterio del dolor redentor, es casi el único soporte que hace que te mantengas en pie y sigas dando cuidados y continúes haciendo lo que hay que hacer, compasivamente.
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LOS DE ALREDEDOR
Después está la familia. Los más directos -mis hermanos, mis sobrinos- han estado en los peores momentos y día a día durante los años, seis y tres meses, que ha durado la enfermedad y el declive inexorable de la abuela. Los demás con interés, con cariño, cada uno en su medida y en sus posibilidades. También muchos amigos y especialmente una vecina, María, que domingo tras domingo ha venido a casa fielmente para estar con ella mientras yo iba a Misa. Y Beatriz, la ecuatoriana que contratamos y que procuró exactamente el trato delicado y de afecto prudente que mi madre necesitaba. Dios la bendiga.

Crítica y la Fundación Castroverde me han facilitado un horario reducido y muy flexible. Y la gente con la que convivo en el trabajo ha soportado y comprendido mi humor sombrío, mis excesos verbales, o mi mutismo y no ha llevado cuenta de mis desatinos...

Siempre están también los que sobran. Es posible que pongan interés y afecto, pero son tan desacertados algunos consejos -que te cuides, que duermas, que te vas a quemar, que desconectes, que...¡salgas y te diviertas! (¿cómo?, ¿cuando?)- que sobran . Si no me provocaran irritación, me harían reir por lo estúpido. Es como si estuvieras aferrada a una cuerda, en una situación apurada y te dijeran que aflojes la tensión y que te distraigas un poco, que si sigues así te van a escocer las manos. O casa por el estilo. En fin, no ha sido frecuente, pero cuando ha sucedido y he escuchado esos sabios consejos me ha costado no enviar al consejero a mejor parte...
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¿Y LAS AYUDAS DE LA ADMINISTRACIÓN?
No me cabe duda de que el Estado de Bienestar, actúa en muchos casos y que para cuidadores y dependientes puede ser vital la ayuda de la Administración y de las Instituciones. En mi caso no ha existido más allá de la Seguridad Social -en la que por cierto tanto mi madre como yo hemos cotizado gran parte de nuestra vida- y la teleasistencia que jamás llegamos a utilizar porque mi madre no estuvo sin compañía más de diez minutos, los fines de semana, cuando yo bajaba a comprar el pan.

Ni ley de Dependencia n música en estéreo: como mi madre no vivía sola, como mi salario no es el mínimo aunque casi, casi, lo roce, como antes de atender a la solicitud un comité de expertos debe evaluar el grado de dependencia, como para tener derecho a percibir algo en calidad de cuidadora yo tendría que haber dejado de trabajar...etc.
Podría haber tenido una persona que se ocupara de la limpieza de la casa unas horas  por un precio más económico que el del mercado laboral. Pero no era eso lo que necesitaba, ni siquiera alguien que viniera a ayudar al aseo o a la movilidad. Lo que necesitaba era una persona cariñosa, empática -capaz de conectar con una anciana poco propicia a la carantoña y la familiaridad excesiva pero mu receptiva al afecto y a la consideración respetuosa- que estuviera dispuesta a escuchar una conversación inconexa y repetitiva durante varias tardes a la semana... y eso no está previsto. Así que poco o nada.

Como digo, los médicos de la Seguridad Social y las medicinas. De los primeros, las dos doctoras de atención primaria que fueron, con mi madre y conmigo, humanas, cariñosas y muy competentes. No aprecio tanto a los especialistas y a los profesionales de hospital sumamente eficientes  en la cuestión técnica -diagnósticos, tratamientos...- pero, para mí, en la mayoría de los casos, distantes, fríos y poco considerados no con la enferma, que a veces también, si no con los acompañantes...
Preguntas absurdas, evasivas al pedirles información, incapacidad para escuchar ni para comprender un estado de ánimo a punto de reventar de cansancio y preocupación... De todas formas, en ese ámbito no me apoyé gran cosa, y no creo que la Administración, en general, tenga demasiadas posibilidades de dar soporte ¿afectivo? a los cuidadores. Mucho es si no pone dificultades a causa del papeleo, los trámites, las dilaciones para cualquier gestión de ayudas y el respeto "reverencial" de los funcionarios por los reglamentos y protocolos... Por poner un ejemplo: ¿Cómo es posible que mi firma fuese necesaria en un documento, que advertía de toda clase de desastres posibles, para una operación y no sirviera para solicitar  una rediografía de la persona operada?. Así es: la radiografía es del paciente y sólo él puede solicitarla. Cosas de los protocolos de sanidad.
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GRACIAS A DIOS...
En resumen, ¡qué necesita un cuidador?. Querer mucho a quien se ha de cuidar, eso es fundamental. No quiero ni pensar cómo me hubiera encontrado atendiendo a alguien hacia quien no sintiera amor, compasión o cercanía. Aunque los cuidados físicos fueran iguales, el paciente notaría el desapego y yo, cuidadora, odiaría sin paliativos una tarea ingrata que roba libertad y absorbe demasiadas energías. Después colaboración, comprensión y afecto (lo he tenido y en abundancia), apoyo cordial de los amigos, facilidades en el trabajo. Y lo mejor: creer en el amor de Dios, tan invisible a veces y de una evidencia apabullante otras. Al menos esa ha sido la fórmula en mi caso"
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--gracias, Virginia por su testimonio-
No sé como llega a mis manos o mejor a mis ojos la revista CRÍTICA y leo sus artículos con mucha atención, están cargados de sabiduría y de sentido común.
Muchas gracias a usted y a los que, no siempre y desde el anonimato me regalan CRÓNICA.
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Pilar, ¡va por ti!.
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