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"LA HISTORIA DE SAN MICHELE" de Axel Munthe.

 Cuando hablaba de los libros releídos durante el confinamiento, hice mención a éste. Es uno de mis libros más queridos.

La primera edición inglesa es del año 1929; la primera edición en castellano es del año 1964 (esa es la que tengo en mis manos).

No sé en que grupo encuadrarlo. Me inclino por pensar que es la biografía del autor, más que una descripción histórica de la famosa isla o una novela costumbrista. Pero aún teniendo de un poco y un mucho de ambas cosas os digo que es un libro precioso.

"Raras veces he leído algo más emocionante. Tiene estilo, gracia, humor, conocimiento del mundo, mezclado con esa extraña sencillez de pensamiento que es con frecuencia atributo del genio."- The Observer-

"En La historia de San Michele hay material suficiente para proveer de argumentos a los escritores de novelas sensacionales para el resto de su vida."-Daily News-

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Y ahora os voy a copiar el capítulo XXIX, que además nos acercará a la próxima Navidad.

EL NIÑO

-aclaración del autor, antes de empezar: "tal vez no hayáis oído hablar de esta singular y antigua costumbre; durante mi estancia en San Michele recibíamos todos los años la visita del Bambino, el mayor honor que nos podía conceder; generalmente, permanecía en San Michele una semana."-

Santa Ana movía dubitativamente la cabeza: quería saber si no sería una imprudencia hacer salir, con semejante viento, a un niño tan pequeño, y si era, al menos, una respetable casa aquella donde iban a llevar al Nietecito. La Virgen dijo que no había motivo para preocuparse; el Niño iría bien abrigado y estaba segura de que se encontraría allí bien; siempre había oído decir que los niños eran gratos en San Michele. Era mejor dejarlo ir, puesto que lo deseaba;¿no sabía ella que, aunque tan pequeñito, tenía voluntad propia?. San José ni siquiera fue consultado; verdad es que no figuraba gran cosa en la Familia. Don Salvatore, el sacerdote más joven de Anacapri, sacó del altar la cuna; el sacristán encendió los cirios y se pusieron en camino. Iba delante de todos un muchachito del coro tocando una campanilla; después, dos figlie di María, con vestidos blancos y velos azules; luego, el sacristán, balanceando el incensario, y por fin, Don Salvatore, con la cuna en brazos. Mientras pasaban por el pueblo, los hombres se descubrían; las mujeres alzaban a sus pequeños para que pudieran ver al Real Niño, con la corona de oro en la cabeza y un sonajero de plata, en forma de sirena colgado al cuello; Los chicuelos de la calle se gritaban uno a otro: Il Bambino! Il Bambino!. A la puerta de San Michele estaba todo mi personal con las manos cargadas de rosas, para dar la bienvenida al Huésped.

El mejor aposento de la casa se había transformado en un cuarto para niños, lleno de flores y enguirnaldado con romero y hiedra. Sobre una mesa, cubierta con nuestro mejor mantel, ardían dos candelas, porque a los niños no les gusta que les dejen a obscuras. En un ángulo de la habitación estaba mi Madonna florentina, con su propio hijo en brazos, y desde las paredes contemplaban la cuna dos niños de Luca della Robbia y una Santísima Virgen de Mino de Fiesole. Colgada del techo ardía la sagrada lámpara: ¡ay de la casa en que la lámpara temblara o se apagase...! .En el suelo, en un gran jarrón de terracota, había todo un arbusto de romero en flor. ¿Sabéis por qué el romero?. porque cuando la Madonna lavó la ropa blanca del Bambino Jesús, puso a secar su camisita en un arbusto de esa hierba.

Don Salvatore depositaba la cuna en su altar y confiaba el Bambino a mis mujeres, con las más cuidadosas recomendaciones de velarlo y procurar que tuviera cuanto pudiese desear...

Cuando todo estaba tranquilo en la casa, subía yo al cuarto para echar una ojeada al Bambino antes de acostarme. La luz de la sagrada lámpara caía sobre la cuna ; apenas lo percibía, sonriente en el sueño...  

Me incliné  unos momentos sobre el Bambino durmiente; después me retiré de puntillas.

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