EL AGUINALDO NAVIDEÑO por Teodoro Llorente.
El aguinaldo menudo degeneró mucho en los últimos tiempos. Todo el mundo se creía con derecho a solicitarlo: hasta el campanero de la parroquia y el barrendero de la calle... El timbre de la puerta no tenía un momento de reposo en vísperas de Navidad. Hubo que rebajar la cuota del aguinaldo, pasando de la plata a la calderilla.
De todos los solicitantes a un par de pesetas, que era lo que solía darse cuando el número de ellos era razonable, y por lo tanto muy reducido, los clásicos eran el cartero y el sereno. Pero estos funcionarios no se limitaban a entregar la tarjeta de "Felicita a usted las Pascuas", sino que agudizaban el ingenio u obligaban a que lo agudizase algún amigo, y "formulaban" en verso su petición, sobre una litografía de brillantes colores en que aparecía un sereno o un cartero en funciones y en momentos de lo más "sensacionales": el cartero, asediado por los vecinos de toda una calle, impacientes ante su presencia; y el sereno, en noche tempestuosa, recibiendo encima el copioso aguacero. Eran curiosísimas tarjetas litográficas, toscamente ejecutadas, y más curiosos aún aquellos ripios e ingenuos versos inspirados en el deseo de "enternecer" los bolsillos.
Como muestra de las aspiraciones de aquellos felicitantes, recordemos este díptico: "Para de mazapán poder hartarnos, danos una, no más, triste peseta".
Los vecinos daban muy a gusto este aguinaldo. El sereno era el vigilaba nuestro sueño y el que , en caso de apuro, nos prestaba algún servicio nocturno. Hace cincuenta años el vigilante era esa cosa desconocida o todavía muy rara. El sereno se había constituído en rey y señor de la noche, y se pasaba la velada rondando el barrio y cantando las horas: "¡Sereno, las once, lloviendo...!, decían algunos. El ingenio picaresco, queriendo, muy injustamente por cierto, parodiar los servicios de este funcionario, puso muy en boga este estribillo: "El sereno ha mort un gos, l´portat al hospital, ¡sereno...!".
También era el cartero otro de los servidores de los hogares a quienes se les estrenaba muy a gusto, sobre todo si en la casa había muchachita con novio y se entendía con su "dulce tormento" postalmente. En aquel tiempo se escribía menos que ahora. Una carta suponía alguna noticia importante, fausta o desagradable, y no solían menudear. A su recibo se pagaban cinco céntimos al cartero, y éste veíase obligado a subir a todas las habitaciones para recibir el estipendio, salvo en las de "escaleta" y puerta cerrada, en las que avisaba con el aldabón su presencia.
Tras estos clásicos "aguinaldos" siguieron el repartidor de periódicos y los aprendices de las diferentes industrias que surtían las necesidades de un hogar; y más tarde... sobrevino el "diluvio universal" y "el cierre hermético de muchos bolsillos", ante tan devastadora legión.
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Este artículo pertenece a las Memorias de un sesentón, una recopilación de evocaciones publicadas entre 1943 y 1948 por Teodoro Llorente.
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