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ÉXITO.

-es un artículo publicado en Las Provincias, de donde era colaborador, Cesar Gavela, fallecido en 2020.


"Era feliz, triunfaba. A sus cincuenta y dos años iba en moto como un muchacho maduro por el centro de Valencia. También, alguna vez, como un maduro irresponsable. Pero es que se sentía joven, casi lo era. Y había que demostrarlo. Muchos años atrás, sus comienzos habían sido como los de tantos: familia de clase media, licenciatura en Derecho, novia mona y maestra, y luego el trabajo espeso de él en una gestoría, y ya la oportunidad de entrar en un bufete mercantilista. Y de ahí, el veneno del dinero y de las inversiones, y todo bien regado de viveza, de frases hechas, Y de trabajar muy duro, que eso era lo principal. Conocía todos los restaurantes caros de Madrid y ocupaba las esperas de los aeropuertos rellenando hojas de cálculo en el ordenador portátil.

A los cuarenta y siete años notó la primera punzada del vacío que queda después de tantas jornadas de trabajo interminable, y de los muchos codazos que daban otros y que él sabía esquivar y devolver también. Vértigo vano al fondo de las aburridas liturgias de la ambición. Fue por entonces cuando empezó a darse cuenta que le aburría estar en el chalet los fines de semana, que sus hijos se habían vuelto muy herméticos y que su mujer ya le gustaba menos que en los buenos tiempos. Aunque siempre más que él a ella, que de eso tenía muchas pruebas.

Pronto, empero, remontó la crisis: jubilaron a su jefe por lento y rutinario, y le dieron el poder a él. Ganaba todavía más dinero, viajaba con más brío y miraba con mayor melancolía a las mujeres guapas de las ciudades. Activo y ambicioso, vendió el chalet, compró un piso enorme y carísimo junto a la Ciudad de las Artes y sr machacó en el gimnasio con esa voluntad que sólo poseen los hombres unidimensionales. Gentes laboriosas para quienes el mundo siempre está bien, aunque esté mal porque así son las cosas. Y porque ellos viven en las cosas y no en las ideas, menos aún en las quimeras. Ellos, los que cuentan, habitan en los balances, en los resultados. Y lo demás es una bruma de conformistas: gente menor que sobrevive.

Una mañana lo llamaron a Madrid, donde estaba la sede de su empresa. Le recibieron con palabras de comercial afecto, con difusas confianzas. Aunque tardaron poco en decirle que habían resuelto prescindir de sus servicios. Volvió a Valencia mudo y loco. Casi ciego también: tan mal veía que pensó si iba a morir. Y decidió tomar un taxi, dejó el 4x4 negro en el parking de Manises. Días después el psiquiatra le dijo que lo de no ver bien era normal. Y que todo se iría arreglando, poco a poco.


Hace días lo vi, un año después del desastre. Leía en un café un libro de máximas de Marco Aurelio. Le saludé y le noté feliz, lo que no esperaba. Me dijo que había aprendido a vivir con mucho menos y que le gustaba. Le pregunté por su mujer y me contó que la estaba conociendo. ¿Y los hijos?. Ahora empezamos a ser amigos, añadió. Y que era dueño de su tiempo. Lo que más le gustaba era no hacer nada, leer libros de ética y observar a las personas. Comentó que no quería saber nada del golf ni de las ONG, donde habían recalado otros colegas suyos, desbancados como él. Me dijo, en fin, que flotaba por Valencia, que empezaba a ser sabio. Y creo que decía la verdad, lo que sentía."

Ahora, estimado y admirado Cesar, allá donde estés, te quiero decir que faltó en tu artículo la siguiente frase: "basado en un hecho real" como en las películas de tv-3. Es un escrito que tiene muchos puntos válidos para una buena reflexión o meditación. Gracias por tu buen hacer, por tu buen escribir...

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