miércoles, 1 de septiembre de 2010

COSAS QUE AÚN NO OS HE CONTADO


He asistido, este verano, a un "Taller de Memoria" que se hizo aquí, en Monserrat.
Asistí como alumna.
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-me gusta ser alumna, creo que ya os lo he contado en otra ocasión. Me gusta escuchar y participar; me gusta atender y hacer los ejercicios que me proponen-. (Carmen Estellés, decía de mí que "era la alumna ideal"). Perdonad esta falta de modestia... aunque puede tratarse de un infantilismo, que debía de haber superado ya, en lugar de una virtud.
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Pues uno de las tareas que nos puso Viçent, el profesor, fue escribir algo que recordáramos y que nos hubiera pasado de verdad; quería saber como íbamos de memoria.
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La Memoria es recordar.
Recuerdo muchas cosas desde "mi más tierna infancia"; pero hasta los 15 años, poco más o menos, mis recuerdos son como "flashes", no tienen continuidad.
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Y uno de esos "flashes" conté:
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Mari Carmen, las almendras y yo.

"Dios no me dió hermanas, pero, para compensar, me dió amigas buenas, muy buenas amigas.

------- ¡Gracias Dios!-------

Casi todas mis amigas se llaman Carmen; a mí también me hubiera gustado llamarme así, pero a pesar de ser ese el nombre de mi madre, yo no lo llevo ( eso es otra historia que ya os contaré otro día).

Os voy a hablar de mi amiga Mari Carmen S. o Mari Carmen 21.

Es unos meses mayor que yo y somos amigas desde que eramos muy pequeñas:

-íbamos al mismo colegio

-veraneábamos en el mismo pueblo

-y nuestras familias se conocían.

Mari Carmen 21 vive en Barcelona, se marchó allí para estudiar Farmacia (entonces no se podía estudiar esa carrera en Valencia) y se quedó para siempre. Se casó allí, nacieron allí sus hijos y ya es más catalana que valenciana, aunque ella dice que no.

Lo bonito es que a pesar de no estar juntas, hemos seguido siendo amigas.
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La abuela de Mari Carmen tenía varias masias, nosotras le acompañábamos cuando iba a visitarlas.
En una de ellas vivía una señora muy mayor que se llamaba Felisa. Felisa llevaba en los bolsillos de su delantal almendras peladas; siempre nos daba y si no nos daba, nosotras se las pedíamos, porque las almendras de Felisa eran las más buenas que habíamos comido en nuestra vida...
Hace dos años, Mari Carmen me preguntó:
-¿Te acuerdas de las almendras de Felisa?.
-Sí -le contesté.
-¿Sabes de dónde las sacaba?.
-¿?
-Sus hijos o sus nietos cuando iban al pueblo, le compraban peladillas; ella las chupaba, y las volvía a chupar; pero cuando llegaba a la almendra no la podía masticar -en su boca no quedaba ni un diente- y se las guardaba en el bolsillo, en lugar de tirarlas.
Esas eran las almendras que nos daba.
Estaban tan buenas porque eran el corazón de las peladillas: habían estado recubiertas de azúcar y luego habían sido tostadas.
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Creí morirme cuando me enteré.
Supongo que nos sirvieron de vacuna de "algo", pues tanto Mari Carmen como yo hemos sobrevivido.
Pero cuando lo pienso...
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lunes, 30 de agosto de 2010